Centro de Estudios Musicales

LOS MAESTROS

Los maestros que compartieron sus conocimientos a los niños y jóvenes del CEM de aquel entonces-y lo siguen haciendo- los caracterizo su pasión por compartir sus vivencias sonoras, no escatimando ni guardándose para sí, ni un eco del sonido en su poder. Estos maestros de los diferentes instrumentos y aspectos teóricos, compartieron horas y horas, sin importar la paga y solo con el único propósito de poder disfrutar las sonrisas de los niños al poder producir sonidos parecidos a los que todos conocemos como música. En 1988 recuerdo al maestro José de Jesús Mondragón, que viajaba desde la vecina ciudad de Tijuana, desinteresadamente para impartir sus secretos sonoros a los niños, sin importar el nivel de sus ilusionados alumnos y de él, al imaginarse el futuro, que resulto más completo de lo pensado en ese momento.

El maestro Mondragón estaría feliz y sorprendido al escuchar la oda a la alegría de Beethoven interpretada por la OCEM, en su versión original, estaría feliz de poder disfrutar de un edificio de 4 pisos con salas de ensayo, cubículos de estudio y todo lo que una escuela profesional requiere, estaría feliz de saber que gracias a sus esfuerzos y sus compañeros maestros del inicio del CEM, se logró esto. En 1991 los solistas de Moscú (sinfonieta de Moscú), se convirtieron en parte de la planta docente del CEM, compartiendo experiencias y metodologías con los maestros locales, estos “rusos”-como solíamos llamarlos con estimación-acrecentaron el nivel académico sin precedentes en el estado. Los beneficios de esta relación afortunada entre maestros extranjeros, locales, padres de familia entusiasmados con los resultados y por supuesto la ayuda y decisión de las autoridades universitarias.

Entre los maestros que contábamos en aquel tiempo y siguen con nosotros con la misma entrega casi Heroica esta Ma. del Carmen Angulo, que se ha distinguido desde 1989 por su entrega sabia y desinteresada, a los pequeños futuros pianistas, para los cuales siempre tiene esa paciencia y su premio al final de cada examen; Boris Glouzman, conocido en todo México como el hacedor de oboístas y su carácter de un monje en retiro permanente; Luis Salazar Márquez, el maestro de solfeo del cual todas las generaciones del CEM han resultado beneficiadas, sumando a esta nada fácil obra, se dio a la tarea de crear en 1992 la pre -orquesta, nombre que le damos al referirnos a el grupo de niños que en un futuro pasaran a formar parte de la OCEM, con la cual inicio sus aciertos con los pequeños instrumentistas estrenando la obra infantil de Carlos Roa, El juglar del Pentagram, con música propia.

EL factor que ayudo a desarrollar de una manera inédita en el noroeste de México la enseñanza musical en los jóvenes del CEM de Ensenada, fue sin duda las combinaciones de trabajo y diversión ajustadas en su debida proporción. Sin duda alguna el detonador para este fenómeno fue la orquesta del centro de estudios musicales (OCEM) y atrás de esto, los maestros de cuerda Igor Tschechko y Karina Bezcrovnaia, que en un principio estuvieron en desacuerdo en que los jóvenes sin experiencia formaran parte de una orquesta de música formal sin tener los elementos básicos para participar en un ensamble de esa naturaleza, razón por la cual tuve que hacer un paréntesis en las practicas orquestales de los jóvenes entusiasmados, para seguir un patrón ajeno a nuestro medio. Los maestros entendieron que no funcionaba así en América latina y aceptaron continuar con la ¨normalidad¨ a la cual estábamos acostumbrados, de tal manera que fuimos beneficiados por dos ideas diferentes: la de los maestros, con su disciplina adquirida en la ex -Unión Soviética, y la relación con Coros y Orquestas de México (hoy, fomento musical), dirigida por el Mtro. Fernando Lozano, la cual nos proporcionaba música facilitada para orquestas juveniles e invitaciones a participar en encuentros regionales y nacionales.

Gracias a estas circunstancias muchos de nuestros alumnos pudieron conocer la música formal, tocar en diferentes partes del país y presentarse en el Palacio de las Bellas Artes de la ciudad de México, y lo más importante: definir su vocación.

— Ernesto Rosas—